Ya aquel olor le resultó extraño cuando entró a su alcoba tras el largo día de trabajo en el huerto. El niño dio un grito al ver a su ratón de campo con el cuerpo pegado al suelo de la jaula y los ojos hundidos. Cogió el pequeño cuerpo inerte y salió corriendo. Lloraba mientras buscaba a su madre.
—¡Mamá, mira! —dijo enseñándole al animal muerto.
—Ay, pequeño... —su madre lo abrazó, tratando de no mostrar el asco que le daba que tocase un cadáver. Más tarde le explicaría por qué no debía haberlo sostenido en las manos—. Anda, vayamos a aprovechar su cuerpecito antes de que sea tarde. Hay que darlo de comer a algún otro animal.
Era costumbre dar de comer el cuerpo de un ser fallecido, especialmente mascotas, a cualquier otro al que tuviesen cierto cariño. El niño eligió un gato grandote que había nacido prácticamente en sus manos, uno blanco y peludo. Él mismo se lo dio a oler y el felino lo sujetó con los dientes, con cuidado, y se marchó con su aperitivo.
—¿Por qué se tiene que morir? —el niño se quedó abrazando a su madre mientras aún sorbía mocos.
—Hijo mío... —ella se acuclilló para estar a su altura—. A veces el dios Ribund necesita las almas de los seres que queremos —el chiquillo no pareció saber a qué se refería, su expresión lo dejaba más claro que el agua—. Algún día lo entenderás. Ahora vamos a alimentar también a tu padre también, ya sabes lo pesado que se pone cuando llega a casa y no está lista la cena.
El pequeño asintió poco convencido. No hizo más preguntas. Estuvo cabizbajo y alicaído el resto de la noche.
Owwn... pore ricura
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