jueves, 26 de agosto de 2021

Memorias de Taenle. Memoria 06; relato sin título.

Los pájaros no callaban su trinar, el bosque no cesaba de murmurar y el agua de aquel lago cristalino oculto entre el follaje no dejaba de susurrar al aire promesas de amor eterno al paso de aquella esbelta señorita. La larguísima melena rubia se enganchaba constantemente en ramas y flores, llevándose consigo salvajes adornos que en absoluto molestaban a su dueña. El cambio de la cómoda penumbra que los frondosos árboles le brindaban, a la luz brillante del sol rebotando en la clara superficie sí la irritaron levemente, pero la llamada de la necesidad era más fuerte que el leve dolor en los ojos.

Al llegar a la orilla se desprendió de la poca ropa que cubría su cuerpo adolescente y siguió caminando despreocupadamente hacia el fondo, único momento en el que algunos de los animales que la seguían se detuvieron, aquellos que no sabían nadar. Cualquier cazador podría haberse hecho con ella en ese momento, vulnerable como estaba, sin embargo allí no había nadie más que Ivaliara y sus acompañantes silvestres.

La muchacha no estuvo demasiado tiempo bañándose, únicamente se dirigió al centro del charco, dio unas vueltas y salió, encaminándose de nuevo hacia su ropa. Volvía triste, cabizbaja, ignorando las hebras platinas que se pegaban húmedas a su piel. Una vez recuperó su vestimenta se dejó caer al suelo y dio un profundo suspiro. En aquella postura, con la espalda encorvada hacia delante, los largos mechones rozaban el suelo y caían cubriendo su alargado rostro tostado por el sol.

Tras unos segundos se llevó la diestra a la pierna derecha, acariciando uno de los tatuajes que lucía. El ala situada en la parte externa del gemelo le traía recuerdos de libertad y hacía que tuviera presente su velocidad a la hora de correr, la cual le brindaba la apariencia de estar volando por el bosque, aquélla capacidad que le permitió escapar tantas veces de sus captores. La otra pintura, una ola que rodeaba su cuello a modo de gargantilla y rompía en su mejilla, simbolizaba la fuerza de sus decisiones.

Con Gihan los baños eran más divertidos... —en algunas ocasiones hablaba en alto en el idioma de los ilvas salvajes, su lengua natal, pero los pequeños seres que la rodeaban no la entendían, aunque parecieran prestarle atención. El sonido que emitía la cantarina voz de Ivaliara al hablar era especialmente dulce—. ¿Sabéis? Le echo tanto de menos... Ojalá hubiese podido venir conmigo. Pero... ¡Pero no! No puedo ser tan egoísta, él pertenece a la ciudad, él vive con su padre, en una casa y... —observó a la cierva, la criatura más grande que la seguía, que movió las orejas para espantar unos insectos y le devolvió la mirada—. Ya, ya sé que fue justamente su padre el que me separó de los míos, pero Gihan no tiene la culpa. Él siempre ha sido bueno conmigo. Él... él es mi mejor amigo... —su garganta se quebró en el último momento.

No se contuvo. Negó con la cabeza, arrastrando con la cascada dorada unos guijarros del suelo, y acabó apoyando la frente en los brazos, a su vez reposados sobre el cuerpo de la ungulada tendida frente a ella.

Aquellos que la rodeaban percibieron el malestar de la joven y, ante el conocimiento de que estarían allí largo rato, comenzaron a tumbarse alrededor y sobre ella, brindándole calor y silenciosa compañía. Algunos lamían el agua de su cuerpo para después seguir besando su piel con curiosidad y ternura.


Relato publicado por primera vez el 26 de Mayo de 2016 y reeditado el 30 de Junio de 2021.