Acariciaba el extremo superior de su puntiaguda oreja con el dedo de la misma mano en la que tenía apoyada la mejilla izquierda. Raiky estaba perdido en el nocturno cielo a través de la ventana desde el escritorio que por supuesto no estaba usando para escribir, eso era cosa de ricos, sacerdotes y gente estudiosa, y él no era ninguno de esos tres. Hasta ese momento aquellos que ya dormían en el dormitorio no le habían molestado más allá de algún corto ronquido, pero pestañeó despacio, saliendo de su ensimismamiento, cuando uno de sus compañeros de viaje abrió la puerta. Con la misma parsimonia giró la cara hacia él. Era Henda, quien había estado esperando el momento oportuno para ir a visitar a su primo.
—¿Por qué no llamas antes de entrar, tú que siempre predicas eso de ser educado?
—No respondías —la excusa del recién llegado hizo suspirar al de la larga trenza negra.
Hubo un corto silencio roto únicamente por el murmullo del visitante acercándose al pie de la cama más cercana al otro. Le observaba con curiosidad, pero no de forma intrusiva. Con la cabeza ladeada, colgada hacia la derecha mientras analizaba al que en otras ocasiones se mostraba tan vigoroso. Llevaba días, semanas, apagándose poco a poco, y todos lo notaban. El aldiora estaba allí para intentar averiguar qué era lo que le tenía preocupado, ¿triste, quizás? O más que averiguar, confirmar. Él realmente ya lo sabía. Sospechaba que últimamente pensaba demasiado en la única mujer que acompañaba al grupo.
Tanta insistencia finalmente fue empezando a poner nervioso al más alto, que de vez en cuando dedicó alguna mirada de soslayo a Henda. Giraba los ojos hacia él y luego los devolvía hacia fuera, pero repitió aquello cada vez con más frecuencia, hasta que finalmente acompañó sus ojeos con un resoplido de molestia. Se apartó de su propia mano, que dejó caer desde el escritorio, y tornó el cuerpo entero hacia el vigilante.
—Bueno, ¿se puede saber qué es lo que quieres? ¿Por qué me miras así? —hablaba bajo, que no en susurros, para no molestar a los que había en la habitación. No sabía quiénes eran, ni si quiera tenía seguro cuántos había, pero todos sus hombres debían estar en forma, que descansaran correctamente era un deber.
—Primo... —el otro moreno quiso ir al grano— ¿Por qué no se lo dices?
—¿Decir qué a quién? —aquella pregunta cambió de tono a uno acusador, además acompañado por cara de pocos amigos.
—A Keenna, que suspiras por ella, que piensas en ella más de lo que… —fue interrumpido.
—No digas gilipolleces —rodó los dorados ojos y miró otra vez al cielo, recuperando la postura de antes para fingir desinterés—. Sabes por qué está en el grupo y no hay más que eso.
—Raiky, creo que he descubierto hace poco mi poder —el nombrado volvió a girarse, sorprendido— Me es difícil explicarlo, no es como lo vuestro con el fuego o la oscuridad, ni como la hipnosis de Shanorsham. A ver, no es que sea un adivino, pero puedo ver con total claridad la respuesta a casi cualquier pregunta que me haga a mí mismo, como si alguien respondiera desde mi propio interior. Nunca fallan si hago las preguntas correctas.
Era la primera vez que la túnica mágica de motivos ígneos no cambiaba de patrones acompañando el humor de su dueño, pues tal amalgama de sentimientos en ese instante que el color resultante bien podría haber sido un marrón oscuro horrendo e incomprensible. Comenzaba a notar náuseas, se sentía en evidencia, a la vez que se alegraba porque uno más de los aldioras hubiese descubierto su dominio. También se había puesto nervioso al pensar que alguien pudiera conocer sus más profundos secretos. Se encaró hacia la ventana, pálido, internándose su pensamiento de nuevo entre las estrellas. Hubo otro silencio mientras el más humano paseaba sus pupilas por la habitación, distraído, intentando averiguar qué más decir. Al cabo insistió:
—Creo que deberías hablar con ella.
—Márchate. Déjame sólo —no dijo nada más, esperó a escuchar la puerta cerrarse. El visitante salió cabizbajo, obediente. Había hecho todo lo que tenía que hacer. Cuando escuchó los pasos de su primo alejarse apartó la cabeza del manto oscuro que tenía el color del cuerpo real de la maga. Apoyó la frente en ambas manos, enredando los dedos en su propio cabello, y dio un profundo suspiro. Esta vez su ropa se hizo blanca, completamente, casi no se veía el poco fuego que quedaba en ella—. No podrías comprenderlo ahora mismo. No soy suficiente para ella, ni lo seré jamás... yo no soy de su especie.
Relato publicado por primera vez el 20 de Mayo de 2016 y reeditado el 29 de Junio de 2021.