No es nada fácil continuar con tu día a día si tienes que dejar atrás a la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida, esa que sabes que es la más ideal para ti, esa que lo tiene todo. Alguien que complementaba mi soledad de la forma más perfecta, que me permitía estar conmigo misma aún con su compañía. Ojalá algún día nuestros caminos se crucen de nuevo, ojalá pudiera volver a disfrutar de esos ratos de lectura sola, pero con él, recostados el uno sobre el otro. Los libros ahora me parecen vacíos. Le echo tanto de menos…
Cuando Dorialor llegó al lecho del arroyo, vio que aquella semihumana estaba allí otra vez. Había tomado la costumbre de pasar las tardes en el mismo lugar que él y no le gustaba en absoluto, pero quejarse o hacerla irse de allí podría delatar sus propias escapadas. El elfo agradecía que se mantuviera metida en sus cavilaciones y le dejase en paz, pero aquel era su rincón del bosque, su santuario de soledad, y su presencia le inquietaba, hacía que no fuera lo mismo. Más aún le alteró aquella tarde; la mujer habló y a él se le erizó el vello de todo el cuerpo por la crispación.
—Disculpe el atrevimiento, señor, pero me intriga sobremanera el motivo de sus frecuentes visitas a este claro.
—No tengo por qué dar explicaciones a una desconocida —el tono empleado para la respuesta fue cortante—. De hecho tú sí que me deberías las explicaciones a mí, eres una extranjera. ¿Qué haces aquí?
—Leer —respondió la semihumana con simpleza, sonriendo calmadamente y volviendo al tomo sin nombre que reposaba en su regazo. Había recibido la evidente indirecta, no sin la desconsiderada provocación, de quien no quiere conversar.
—Hmpf. Con que no hagas ruido... —al tipo le gustaba tener la última palabra. Él también intentó hundirse en sus estudios, pero se había topado con una mujer osada.
—No necesito hacer ruido para leer —el varón la miró a través de las pestañas, con el ceño fruncido. Era consciente de que si ella supiera con quién hablaba, su tono sería muy diferente. Quizás ni si quiera se hallaría en el bosque con él en aquel momento.
La estuvo acosando con sus ojos unos instantes. Odiaba que le hablasen sin mirarle a la cara, como si no le diesen la importancia, pero se dio cuenta de que no lo hacía por despreciarle, sino porque estaba verdaderamente atenta a lo que tenía entre las manos.
—¿Y qué lee una granjera humana como tú en un volumen tan extenso? —preguntó de forma que intentaba parecer burlón y despectivo hacia ella, disimulando su verdadero interés en el libro.
—No soy humana, sino mestiza. Tengo parte de la sangre de los suyos.
—Muchos de tu especie querrían parecerse si quiera a los míos.
—Si no me considera alguien digna, tampoco yo le considero a usted apto para recibir mis explicaciones... —no solía aventurarse así con sus palabras, pero era él quien estaba empezando a molestar. Sin embargo, al ver la mirada furibunda de aquel ser recién sacado del cielo, rectificó y añadió—: Trata sobre algo que la mayoría de sus lectores considera fantasía, pero que da explicación a algunos acontecimientos reales de la naturaleza. ¿Conoce a los tahan?
—Sí, claro que los conozco. Hay gente que dice que son las almas de magos ilvas difuntos —por lo general los elfos solían evitar palabras referentes a la muerte, las consideraban blasfemias contra la vida y los siril, pero Ludianna ya sabía que a aquel hombre le daba absolutamente igual que los demás le mirasen mal.
—Pues de eso va este tratado. Cuenta muchas cosas, desde su naturaleza, pasando por sus posibles orígenes, hasta sus costumbres, formas de morir, poderes, dónde encontrarlos... por eso es tan extenso —explicó, volviendo a meter la nariz en su supuesta fantasía.
Dorialor se hizo de nuevo el no sorprendido, por supuesto, pero ansiaba echarle mano a tal manuscrito. Quizás se lo pediría a cambio de hacerle algún favor burocrático si descubría de quién se trataba. Finalmente también él se envolvió en letras y palabras, aunque no se enteró de mucho de lo que leía, pues ya no podía quitarse aquella obra de la cabeza.
No volvieron a hablar durante el resto de la tarde, más que para despedirse de forma escueta cuando comenzó caer la oscuridad, a pesar de que se dirigían al mismo edificio sin que ella lo supiera: el palacio de Sirili. Él tomaría un camino muy diferente.