jueves, 23 de septiembre de 2021

Memorias de Taenle. Memoria 07; relato sin título.


El día era cálido, pero no soleado. Las nubes tenían el descaro de llegar desde el horizonte dando un ambiente bochornoso y trayendo previsiones beneficiosas para las cosechas. La madera estaba hinchada y el suelo emitía el característico olor a tierra mojada a pesar de que aún no había caído ninguna gota. Habría sido una jornada como otra cualquiera, repleta de juegos y competiciones, pero aquella mañana hasta el burro se alejaba corriendo cuando se acercaba aquel niño de corta melena castaña. Más de una vez sonaron portazos dentro de los edificios del albergue, Kerdarok estaba de especial mal humor y lo pagaba con todo lo que pillaba. Solo su hermano Narenn y el pequeñajo de Raiky tenían valor para acercársele a pesar de que sus patadas dolían como injustos castigos. Estaba saliendo de uno de los barracones y había tratado de cerrar cuidadosamente dos veces, a la tercera abrió la puerta y recorrió toda la circunferencia que permitían los goznes con la máxima potencia que le brindaba su mal alimentado brazo.

Una mujer joven, con una pequeña cola de color chocolate recogida en la nuca y con una túnica blanca y sucia observó con rencor cómo el dintel soltaba polvillo por el golpe, a la par que el chiquillo se giraba para dar la espalda al dormitorio. Al cruzar la mirada con la de quien era la dueña del recinto, la cara le cambió a una de sorpresa y el miedo afloró durante un segundo para luego tornarse en una expresión rebelde, en especial cuando se le acercó para engancharle el pelo con los dedos y comenzar a guiarle con tirones.

¡Te voy a enseñar a cuidar de tu casa de una maldita vez, que es tu casa, ¿te enteras?! Todavía te quedan muchos años que vivir aquí para que la eches abajo con siete asquerosos años que tienes —Merian regañó al muchacho gritándole cerca de la puntiaguda oreja.

Él adoptó una estrategia las últimas veces que le llevó así; jugó a dar pasos fingidamente torpes por delante de los pies de la adulta tratando de hacerle zancadillas. Ella estaba tan distraída chillándole que dio un tropezón con el aldiora, perdiendo el equilibrio. Recuperó pronto la compostura y le castigó con una tremenda bofetada que le marcó todo el lado derecho del rostro. Sin embargo ese día los resultados fueron distintos a lo que cabría esperar.

El infante se sintió impotente, el pecho y la garganta comenzaron a dolerle y las lágrimas saltaron de sus ojos por la frustración. Esa señora no era nadie para portarse así con él y sus amigos, y a su pronta edad decidió que tal trato debía cesar de un modo u otro. Había que cambiar las tornas de quién se hacía respetar, tenía que defenderse y enseñar a aquellos que fueron creados junto a él que existía un modo de luchar en su contra.

La rabia fue tal que se revolvió bajo su agarre. Afianzó los pies en el suelo, parando el caminar de la castaña por sorpresa, solidificando toda su determinación en aquella postura que impediría que fuese movido de allí. Alzó rápidamente ambas manos hacia la de la humana, clavándole en los tendones las afiladas y duras garritas que todos los de la nueva especie lucían, y tal fue el arranque de ira que cuando tiró hacia abajo, propulsando toda su saña, mandó al suelo también a la maga.

Verla retorcerse frente a sus pies con la boca y los ojos abiertos, girándose sobre sí misma para ponerse bocabajo e intentar así recuperar el aliento perdido por la caída, hizo retroceder a Kerdarok varios pasos para alejarse de ella al darse cuenta de qué acababa de hacer. Los sentimientos de humillación e impotencia se convirtieron en orgullo y superioridad durante el tiempo que la vio así. No era sino un niño y acababa de revolear a una mujer adulta que siempre le maltrataba a él, a sus compañeros y a saber a cuánta gente más que ellos no conocían. Se sentía eufórico.

Él no llegó a darse cuenta, pero a su espalda había varias caritas de sorpresa y perplejidad; nunca ninguno de los que vivían en el albergue se había atrevido a rebelarse, aquella devastadora sublevación quedaría marcada en la memoria de todos los que ya tenían una edad suficiente como para ser conscientes de la gravedad de tales acciones. Nadie antes de aquel suceso sabía de qué eran capaces los pequeños monstruos a los que Merian estaba dando vida. Fue ella misma la primera en comprobar el potencial de su propio experimento. Miró desde el suelo al tercer nacido del proyecto y éste salió corriendo. Nadie sabía si llegarían a verle de nuevo o las bestias del bosque le matarían antes.



Relato publicado por primera vez el 22 de Septiembre de 2016 y reeditado el 05 de Julio de 2021.