—Sí, sí, ¡por lo visto dicen que está en la cueva grande del monte! —aquel hombre del kimono celeste insistía en sus palabras con mucha convicción, mientras que el de las vestiduras color burdeos le miraba con un ojo medio guiñado.
A pesar de que el tipo realmente no tenía ni idea sobre qué hablaba, el hecho de escuchar el nombre del monte Yinfo fue suficiente para que una tercera persona parase su marcha para ocultarse tras un carro de mercancías que había cerca con la intención de escuchar qué sabían sobre algo que no debería haber ocurrido. Ninguno de los dos llegó a verle, el mercado estaba bastante ajetreado como para fijarse en todo el mundo.
—¿La del Yinfo? —preguntó el hombre de ropa rojiza, rodando los ojos cuando el otro respondió con un asentimiento de cabeza.— Venga ya... ¿En serio te crees que haya un demonio en nuestro pueblo? Seguro que han sido asesinos que hacen correr el ru... —no terminó lo que iba a decir, fue interrumpido por su interlocutor.
—Que no, ¡que dijeron que tiene forma de gato gigante! —su voz escupía la indignación que sentía con la incredulidad del otro.
Aquella figura que espiaba desde detrás del transporte sintió un vuelco en el corazón en cuanto escuchó que describían a un gato grande definiéndolo como “demonio". Su pecho comenzó a subir y bajar en respuesta al inmediato cambio de velocidad de su respiración. Se llevó una mano al pecho y bajó la cabeza, crispando luego los dedos sobre la tela blanca y arrugándola en consecuencia.
—Que no me lo creo. Ni me lo creeré hasta que lo vea. Un demonio aquí... ¡ja! Tengo que llevar esto aún al granero, ¿me acompañas o sigues aquí contando cuentos? —dijo de nuevo el escéptico, moviendo una cesta que llevaba colgada del hombro izquierdo.
—Sí, sí, voy. Dicen que por su cuerpo recorren chispas. Las dos niñas que trajeron a la plaza estaban hechas trizas, por eso no les quitaron las mantas.
—Déjame adivinar, también venían con marcas de dientes y garras, ¿verdad? ¡Y pelos! ¡También tenían pelos del demonio! —el de la cesta se burlaba de los rumores que le contaba su compañero mientras se acomodaba el bulto en la espalda, colgándose las dos asas para repartir el peso.
—¡Blancos! ¡Y de largos; un brazo!
—¡Agh!
Las voces se iban amortiguando a medida que los campesinos se alejaban, pero el khimare que les había estado escuchando fue capaz de distinguir perfectamente la conversación, pues su oído estaba más desarrollado que el de muchas otras especies. Esperó unos segundos a que se marcharan y salió cuando se sintió seguro. Se alejó de allí a paso rápido mientras sujetaba con fuerza el morral que llevaba en la mano izquierda. Siguió callejeando durante unos minutos hasta que finalmente el pueblo dio fin y se abrió a los arrozales, los cuales cruzó bordeando las plantaciones. Media hora después llegó a aquel lugar del que hablaban los humanos, viendo grandes charcos de sangre negra y seca en la tierra y salpicaduras por las rocas y las paredes de la cueva.
La tocó con dos dedos de la mano izquierda y la otra se la llevó al cuello, donde rodeó y acarició con mimo el cuero negro de una gruesa gargantilla que le quedaba holgada. La mano que acariciaba la mancha se quedó quieta mientras que la otra se deslizó hacia una placa metálica con remaches, una lámina de plata en la que había un nombre escrito.
Las lágrimas que cayeron sobre el charco seco no borraron la huella de la muerte, al igual que la misma no borraría jamás los sentimientos que aquel hombre de cabello oscuro y ropas blancas había vivido y sufrido meses atrás. Recordó una melena plateada, una sonrisa boba, una espalda delgada y una mirada triste, vacía y desesperanzada, igual que se sentía él en ese momento.
Le costaría muchos años superar a aquel estúpido chucho, si es que lo llegaba a conseguir algún día.