Hacía sol y buena temperatura sobre sus cabezas, bajo la cúpula mágica que rodeaba el lugar en el que vivían en pleno desierto, sin embargo aquel hombre de voluminosa cabellera negra parecía tener encima la mayor de las tormentas. Estaba arrodillado en el suelo, encorvado sobre sí mismo, con ambos brazos apoyadas en su regazo. Miraba a un punto fijo frente a sus rodillas sin importarle que la sencilla ropa beige que llevaba pudiese ensuciarse. Una esbelta mujer cuyas puntiagudas orejas sobresalían levemente entre su larga melena, negra como la de él, le acompañaba. Se situaba a su espalda, apoyándole una una mano en el hombro izquierdo. Estaba casi tan cabizbaja como el varón. Ella cubría su cuerpo con un largo vestido celeste.
El tipo no se levantó de allí en varios minutos y ella no le apremiaría, pues velaban la muerte de su otra esposa. Henda había perdido en combate a Griella en una invasión reciente. Una treintena de mercenarios que no habrían sido rivales para los residentes del lugar si hubieran estado preparados para ello. No murió únicamente la guerrera, también algunos más de sus vecinos.
—Vuelve a casa, Cel—murmuró él con la voz ronca.
—¿Estás seguro?
—Necesito un momento a solas.
—De acuerdo... Te esperaré dentro entonces —la elfa se inclinó un poco más para darle un beso en la sien, gesto en el que él participó lánguidamente, irguiéndose un poco hasta sentir sus labios.
Cuando su señora se marchó, el aldiora se hundió. Subió las palmas a su rostro y lo tapó con ambas, sollozando. Había perdido a una de las personas que más quería y no había vuelta atrás. Ya no sentiría el calorcito de su piel por la noche, ni la dureza de sus manos curtidas por las empuñaduras, ni las cosquillas de su pelo al rozarle la frente cuando iba a besarla. Tampoco escucharía el sonido de sus botas pisando fuerte cuando se acercaba, ni olería la mezcla del sudor con el cuero que la acompañaba tras los entrenamientos. Aquella era una mujer muy distinta a su otra esposa, la preciosa y delicada Celebeth, y ambos le tenían un cariño especial que jamás podría ser ocupado por otra persona.
—Una historia de amor destruida por otra historia de amor... —murmuró al aire con la voz quebrada, pues aquellos treinta hombres no habían asaltado la ciudadela por otra cosa que por el engaño de un tipo enamorado, que iba en busca de su loca muchachilla.
Con la última palabra el moreno sintió un nudo en la garganta, un dolor tan agudo y tan irreparable como la muerte misma. Acabó dejándose llevar y rompiendo a llorar en el sitio, descomponiéndose aún más cuando sintió sus propias lágrimas caer e imaginando cómo habría caído ella bajo el peso de algún filo, sola en el jardín que se convirtió en campo de batalla.
A pesar de que pensaba que no, sí había alguien viéndole llorar. Otra elfa, perteneciente al servicio, madre de dos víctimas más de aquella masacre. Le observaba desde una de las puertas que daban a aquel patio interno. Sin embargo sabía que él necesitaba soledad y no iría a molestarle, se limitaría a llorar también en silencio y oculta de miradas ajenas, incluida la de la única hija que le quedaba ahora.
Y después de todo, Henda no se vengaría.