No era más que un día cualquiera, pero se trataba de otro de tantos que aquellos gigantes disfrutaban en familia. Hacía mucho que los ygibar se habían reducido en número, convirtiéndose en nada comparando con la grandeza que habían llegado a alcanzar antes de la llegada de los zuuk. Aún así, los Eirikr vivían en paz en aquella granjita en las altas llanuras, lejos de toda posibilidad de ataque por parte de hymin, ymir, kratheron o incluso ilvas y celares.
Una muchacha adolescente vigilaba a la más joven de todos. Preparaba un ungüento para uno de sus rituales religiosos mientras la pequeña de hermoso rostro pecoso y cabello pelirrojo cosía muy seria y concentrada, aprendiendo a hacer un mantón de piel de conejo. Más abajo, en la orilla del lago, dos varones apuestos y bien formados jugaban desnudos en el agua a ahogarse el uno al otro. Aprovechaban los meses de calor, cuando la superficie no estaba congelada, para entrar en comunidad con la naturaleza a la vez que se divertían. Aquello, además, era una forma de intentar llamar la atención, por parte del mayor de ambos, de la rubia que cuidaba a la niña. Ninguna de ellas formaba parte de la familia realmente, habiendo sido acogidas, y Romgar se había enamorado perdidamente de la tan devota askali. No se cortaba en intentar cortejarla de todas las formas posibles, aunque recibiera una y otra vez la indiferencia de su querida.
A la puerta de la casa asomó una bella mujer, alta y esbelta, de voluminosa melena rojiza, parecida a la de la pequeña. Miró a ambas chicas y luego a sus hijos, mientras aquéllos salían del lago y caminaban desnudos hacia la casa, el primogénito sacando pecho, el otro cubriéndose los bajos con las manos. La madre apoyó el peso del cuerpo primero contra el dintel de la puerta, luego contra el pecho de su enorme esposo, que rodeó su cintura desde atrás, asomando también la nariz con intención de comprobar cuánto tardaba para que los demás acudiesen a la mesa. Ella amplió la sonrisa con la que observaba a todos.
—Hijos, chicas, vamos a comer —llamó finalmente, percibiendo la impaciencia de su esposo.
Mientras Romgar y Luk hacían una carrera por ver quién llegaba primero, Gladr recogió su mortero y Lil la aguja que se le acababa de caer al levantarse. No había ninguna celebración, pero todos estaban felices, contagiados del sentimiento primaveral, y la buena caza de los últimos días estaba dando como resultado deliciosos festines nocturnos.