domingo, 12 de julio de 2020

Mitos, leyendas, costumbres y tradiciones de Taenle. Costumbre zuuk 01; separación de una pareja.


Aún no había amanecido cuando los dos enormes seres de pieles grisáceas y cabellos ásperos condujeron la pequeña procesión hacia aquel rondavel en el que aguardaban algunos curiosos. Nar, la rimtaka del pueblo, fue la primera en entrar. No necesitó avisar de su llegada, ni de la invasión que se aventuraba a cometer, pues ya la esperaban dentro. Era una anciana ancha y alta, como se esperaba de la líder de una tribu. Su hombre, no menos grande que ella, quedó fuera, pues en aquella ocasión debía ser la mujer quien encabezara el rito.

El resto de pueblerinos se mantuvo paciente mientras se oía en el interior a la vieja hacer un par de preguntas con tono rasposo. Tras el tiempo que tardaban los niños en recorrer la aldea caminando la mano de la matriarca apartó el cortinaje de hierbas secas que separaba el habitáculo del mundo exterior. De la vivienda salió la jerarca junto a una joven zuuk azulada, tras la cual acompañaron sus padres, él también de piel azul, ella con un tono mucho más parecido al de una corteza. Los tres aparecieron completamente desnudos ya que, por designio de tal tradición, debían dejar dentro sus pertenencias.

Todos, incluyendo a los fisgones, cumplieron un severo mutismo de castigo mientras prendían fuego a la vivienda desde la base, con sus propietarios presentes entre los observadores. Una vez el hogar de aquella infeliz familia fue reducido a cenizas, varias horas después y con el sol despuntando, ataron los tobillos y las muñecas de la hija. La ausencia de voces acompañó a los penitentes hasta la playa, que comenzaba a caldearse más allá de las sombras que proporcionaban las anchas hojas de las palmeras. Durante el camino solo se oyeron los pasos aplastando y desplazando la arena junto al suave tum-tum de un tambor que guiaba la velocidad del paseo. El rumor de las olas silenció el murmullo de los pies y el pequeño timbal dejó de sonar al llegar al destino de la marcha. Asimismo el olor del mar disipó en las bulbosas narices aquél acre que llegaba hasta ellos desde el incendio extinguido.

Ya era casi medio día y las olas estaban calmas, pero la marea empezaba a subir, por lo que no disfrutaron demasiado de la aparente tranquilidad que reinaba en el sitio. Mientras el pueblo mantenía una solemne colaboración para vigilar a los padres, los rimtaka, acompañados de dos de los mejores cazadores del clan, se apresuraron a escoltar a la joven zuuk, cruzando una pasarela de piedras apropiadamente situada con anterioridad para aquella ceremonia. Ésta llevaba a sus usuarios hasta un islote a unos cien metros de la orilla. La vuelta fue mucho más rápida, pero la más joven debía permanecer en la ínsula. No había vivido grandes experiencias en sus doce años de vida, no había llegado a la madurez suficiente como para emparejarse con algún compañero de la aldea, pero ya llevaba bastante tiempo colaborando en la subsistencia del clan, recolectaba fruta y ayudaba en la pesca. Aún así su destino estaba sellado.

Israde, hija de Tornok y Gashmusa, que mueras en paz —fueron las únicas y escuetas palabras de Grukag, el rimtaka, antes de que su esposa depositara en el suelo un cuenco con agua potable y tres mangos para que sobreviviera durante un día.

Fue dejando de ver a su familia y amigos a lo lejos a medida que pasaban los minutos, el radiante sol ya estaba alto y le empezó a causar sensación de quemazón en la piel, por lo que se preocupó de cubrirse en el pequeño sombráculo que algunas rocas formaban. Era además hora de dormir para aquellos de su especie, y eso mismo quiso ella intentar. Se acurrucó entre las piedras y arbustos a esperar, se abrazó las piernas y miró al horizonte mientras se lamentaba por lo injusto que le parecía tener que morir bajo el contexto de que sus padres se estuvieran separando. Se quedó mirando cómo poco a poco quedaba literalmente aislada a medida que la marea subía rato después de que todos la hubieron dejado sola también para ir a descansar a sus respectivos hogares.

Un intenso chapoteo la despertó tras un par de horas de sueño. No era capaz de ver correctamente debido a la intensa claridad a la que sus ojos no estaban desarrollados, pero pudo diferenciar una silueta cuya forma desconocía por completo. Por suerte o por desgracia no le dio tiempo de levantarse, ni tan si quiera de respirar para gritar. Notó como si varias decenas de puñaladas se abrieran paso a través de su carne a ambos lados de la cintura, en un brazo y en el lado izquierdo del cuello. Y tal fue la intensidad de aquel tormento que pronto el dolor se trasladó a todo el brazo, a la espalda, al hombro contrario e incluso a la cabeza. Inmediatamente dejó de sentir el suelo bajo sus pies cuando la enorme criatura marina la levantó del suelo con aquel mordisco y la sacudió en el aire de forma violenta cual depredador a su presa. Dos fuertes golpes en la cabeza, productos de aquellos movimientos, provocaron que dejara de sentir el resto de su cuerpo, pues la dejaron inconsciente.

A la noche siguiente la matriarca pudo comprobar que el ritual se completó. Nadie sabía qué era aquello que devoraba a los pobres desdichados nacidos de las parejas que se separaban, ni lo averiguarían tampoco en aquella ocasión, pero las salpicaduras y los restos de huesos y carne azulada manchada de sangre corroboraban a Nar que había sido el mismo monstruo de siempre.

A partir de esa noche la presencia de Tornok y Gashmusa, que ya habían sido desterrados, no sería tolerada en las inmediaciones de la tribu ni cerca de sus territorios.