sábado, 8 de agosto de 2020

Mitos, leyendas, costumbres y tradiciones de Taenle. Leyenda ygibar 01; leyenda del grislah.


Para cuando llegaron al pueblo, agotados, con las piernas heridas e incluso con parte del equipaje perdido o roto, arreciaba la lluvia como queriendo dar énfasis a la tempestad en los corazones de los jóvenes que volvían de una romántica excursión a la montaña. Ésta, a su pesar, se tornó en una pesadilla. Apenas veían a través de la cortina de agua, pero pudieron vislumbrar bajo un techo las antorchas que iluminaban a dos varones adultos y la madera que les guarecía. Los pasos chapotearon hacia ellos en una corta carrera que se vio truncada por la risa de Gardir cuando la muchacha, Lahnr, exclamó que habían visto un fantasma. Todo aquel que no hubiera pasado los ritos de madurez merecían para ese tipo la misma seriedad que un bebé recién nacido. Solo el tío materno del recién llegado les prestó atención.

Fue una corta sesión de preguntas, ya resguardados de las gotas, la que llevó a las burlas de uno y a una seria conclusión de otro. Ella informó con todo detalle cómo, en cierto momento de la noche, el aire se había tornado aún más fresco de lo normal, primero blanquecino y luego azulado. Posterior a eso se oyó lejanamente a una mujer maldecir a las fieras y a todos los vivos con una voz rasgada que parecía tener agua en la garganta. Jakkri también participó en las narraciones; no llegaron a verla nítidamente, pues ésta se transportó por el aire como si de humo negro se tratase su cuerpo. Ragtyr acalló al otro tipo y comentó que debían avisar de inmediato a la völva y a la madre del adolescente para organizar un grupo de guerreros y cazadores rastreadores.

Los adolescentes no recibieron más explicación que la de que alguien estaba sufriendo un gran mal. Tenían orden de descansar y recuperarse del mal trago, y eso hicieron durante los próximos dos días, mientras el pueblo entero recibía la noticia. Muchos se ofrecieron voluntarios para ir a la montaña, era la oportunidad perfecta para anotarse una hazaña y hacerse valer, pero la madre del chico, sobre la cual cayó la responsabilidad de las decisiones, rechazó a los que no eran familia directa. Fueron la völva, los jóvenes, el hermano mayor de la muchacha y los padres y el tío materno de él los aceptados y quienes se prepararon concienzudamente para la empresa. La pareja pudo percatarse de que aquello no era una simple salida de cacería; iban armados y maquillados como si fueran a participar en una guerra, con runas y hechizos protectores, hachas, espadas, mazas, redes e incluso un arco. Laegerna, la hechicera, llevaba también varias bolsas vacías y equipo para hacer fuego, además de pócimas y diferentes líquidos que no parecían aptos para su consumo.

El viaje cuesta arriba por las pedregosas laderas pareció disgustar mayormente a los jóvenes, pues iban asustados. Fue caluroso y pesado no por el clima o por los helechos que dificultaban el paso, sino porque caminaron sin descanso y cargados cuesta arriba durante muchas horas seguidas. Firgur, la diosa de la lluvia, decidió darles tregua durante los días que pasaron cruzando montañas y follaje, pero llegados a cierto punto detuvieron el viaje. Era de día cuando alcanzaron el acogedor claro en el que los adolescentes acamparon la semana anterior, y ahí montaron un nuevo asentamiento. Todo estaba en apariencia igual, incluso en el suelo se mantenía la mancha de la última hoguera que ahí ardió.

La primera jornada fue tranquila, pero la calma no duró. Al amanecer Lahnr y Midag, su hermano, vieron algo que les urgió a despertar al resto. No era más que un conejo silvestre que apareció inesperadamente de entre los matorrales, y como cualquier conejo silvestre, huía de algo, sin embargo su comportamiento era decididamente anormal. El animal parecía agonizar tras haber saltado directo contra un tronco. Mientras el resto de ygibar espabilaba súbitamente, la pequeña bola de pelo yacía de lado en el suelo, chillando y dando zancadas al aire sin moverse del sitio.

Laegerna, al ver la locura del lagomorfo, que se retorcía para morderse una pata, hiriéndose de forma descontrolada y despellejándose parcialmente al tirar, ordenó armarse. Ragtyr fue el primero que obedeció, seguido de Kregr y Midag. Acto seguido la pequeña alimaña se levantó, sobresaltando a todos de nuevo. Se abalanzó contra el mismo tronco y lo mordió para seguir dándole patadas a la nada mientras la völva buscaba alrededor, siendo la única que se percató de cómo el ambiente se tornaba más frío. No vio morir al conejo al soltar el tronco y girar bruscamente la testa hacia atrás, cayendo al instante sobre su costado, ya inmóvil, pues su atención estaba puesta en un lugar más allá de los dispersos árboles que les rodeaba.

El grupo se encontraba lo suficientemente pasmado y sobrecogido como para no darse cuenta hasta segundos después de que, a la bajada de temperatura, se unió un aura que blanqueaba la vista. Solo cuando Lahnr advirtió, acongojada al reconocer aquello, se pusieron en guardia. Ninguno de ellos conocía el aspecto de su fantasmal enemigo a pesar de que ya sabían que venía, debido al penetrante olor putrefacto que les empezó a acosar. Después de unos minutos de falsa paz un enorme felino negro, al que le faltaban trozos de masa muscular aquí y allá, saltó sobre Gazmus. Éste fue sorprendido con un peso exagerado para tratarse del cadáver animado y semidescompuesto de alguna clase de leopardo, criatura que apenas le llegaba a las rodillas.

Fue necesaria la ayuda de los otros dos varones para quitarle de encima al animal, que nada más tocar el suelo al ser lanzado se transformó en una mujer, una ygibar como ellos. “Isgadir”, llamó una voz masculina que no llegaron a reconocer, pues no tuvieron ni tiempo de pronunciar más antes de que aquella difunta señora volviese a lanzarse contra ellos, gritando con la misma voz burbujeante que espantó a los tortolitos una semana atrás.

La larga lucha por acabar con los movimientos de aquel ente se cobró decenas de ramas, sacos de dormir, varios heridos y el agotamiento de todos antes de que Kregr pudiera, por suerte y oportunidad, hundir su hacha en el lateral del cuello podrido, sin embargo fueron necesarios dos hachazos más y sendos rugidos de furia para terminar de decapitar a la no muerta. Para sorpresa de los más inexpertos, la que dio el golpe de gracia se desplomó de rodillas a llorar y Gazmus se abalanzó a descuartizar lo que quedaba junto a Ragtyr, que acabó con aparatosos arañazos desde la cara hasta el pecho y la nariz rota. Midag, que también había recibido feas heridas, se apartó a vomitar tras una gruesa conífera mientras Laegerna oraba.

Los novios no tuvieron tiempo para asimilar nada, tan solo vieron cómo el aura aplastante desaparecía poco a poco, los olores se incrementaban y los adultos introducían de forma apresurada los trozos de carne en bolsas. Esa misma tarde, ya habiéndose alejado de aquel sitio caminando varias horas ladera abajo, pero sin haber podido deshacerse de los nauseabundos olores que se mezclaban con los de los pinos y la madera y carne ardiendo, se encontraron esperando a que una enorme pira terminase de incinerar los restos y dejase de caldear el ambiente. Por fin entonces recibieron explicación por parte de Laegerna: cuando los difuntos no recibían un funeral digno en el que la materia orgánica fuera destruida, su espíritu no podía separarse de ésta, por lo que los cuerpos volvían a la vida en forma de draugrs, proceso conocido como grislah. Aquella en concreto resultó ser la abuela materna de Jakkri, desaparecida en la montaña cuando él tenía apenas tres años de vida.

Esa noche pudieron finalmente descansar, incluyendo los pies descalzos de Kregr, ahora disfrutando del frescor del agua que movían, a medida que la mujer paseaba por aquel oscuro lago junto al que se encontraban, e incluyendo también a Isgadir, cuyas cenizas fueron esparcidas por la orilla del mismo.