La rabia parecía más presente en las nubes que cubrían el cielo que en la pareja de lobos que estaba siendo acosada. Tal vapor ensombrecido no parecía acontecer nada bueno, pero los seis buscadores no dejarían crecer el mal a los alrededores de su villa; aquellos depredadores eran una amenaza que debía ser erradicada antes de que la manada creciera demasiado. Amara concretamente tenía muy claro que no volvería a Garinto sin llevar al menos la piel de un animal y por ello iba a la vanguardia junto a varios podencos, retando a los riesgos que ello conllevaba.
Se trataba de una mujer excepcionalmente veloz, una de las mejores cazadoras del pueblo y de todo el este, ganadora incluso de varias competiciones organizadas tiempo atrás en diferentes ciudades de la Baja Aliren, y su hermana Derena nunca era capaz de seguirle la pista cuando la mayor divisaba a su presa. Ella era de hecho la que había organizado la partida de caza, pero la presión del momento la hizo perder los estribos y desechar el sigilo, contagiada también por la tensión de que los perros espantaran a sus perseguidos. El tiempo atmosférico tampoco acompañaba, pasaron recechando varios días y ahora que por fin tenían delante a su objetivo, perderlo otra vez no era una opción.
Aquella señora de moño burdeos ordenó a Doteo que detuviera a los sabuesos, pero él se negó justamente ante la creencia de que dejar que se adelantasen sería lo que les aventajaría. No hubo tiempo de discusión, cada individuo actuó como creyó oportuno, y para cuando la guía del grupo se perdió entre las coníferas, los demás todavía estaban decidiendo si debían apresurarse o mantener el plan de ir en sigilo. Pasaron varios fatídicos minutos antes de que, por fin, fueran tras ella.
La avara rastreadora llegó tras una intensa carrera hasta donde la jauría ladraba con pasión, sabía que habían acorralado algo y reconocía que uno de los ladridos era diferente. El vértigo en su estómago aumentó cuando se percató de que los canes estaban todos dentro de una guarida sin salida. Meterse tras ellos era una locura, nadie mejor que ella sabía que acorralar al trofeo era el peor de los errores, pero comprobaron días antes que aquel ser tenía una camada a la que alimentar y no quería bajo ningún concepto que los hijos de los pueblerinos fueran el alimento de sus cachorros. Dudó y finalmente se adentró entre las rocas, pica en mano, a medida que apartaba a los chuchos que estorbaban en su camino, uno de ellos herido y otro ya muerto. Para colmo algún extraño instinto le dijo que debía acabar con la vida del cánido antes de que sus compañeros llegasen, lo cual añadió estrés a su situación.
Amara dejó de ser ella misma durante aquel lapso en que vio el pelaje gris y agitado. Todavía oía cinco voces diferentes de ladridos a su alrededor y el mal humor recorría su cuerpo tan acelerado como sus propias piernas rato antes. En esa ocasión no hubo un ápice de vacile, enarboló la pica y atacó con la saña de una madre que ha visto morir a sus propios hijos.
Derena y Doteo oyeron perfectamente la reyerta a lo lejos y para cuando llegaron el silencio ya se apoderaba del lugar, pero éste fue roto por las voces que clamaban por la presencia de Amara. El adiestrador buscó a sus compañeros cuadrúpedos, ardua tarea, pues la densa vegetación les ocultaba incluso con aquellas pieles tan llamativas del color tierra y éstos guardaban un denso mutismo de luto. A medida que tenía controlada la situación de cada individuo les iba llamando y ordenando quietos. Tardó un poco más en encontrar a dos de ellos, pues se encontraban desangrados en diferentes lugares. La más joven e inexperta de los ymir vio gotas de sangre en la roca, cuyo tamaño cada vez mayor la guió hacia el interior de aquella pared abierta.
El arquero Carome apareció jadeante entre los arbustos justo para advertir a la mujer que no entrase, pero ésta ahora se movía de forma implacable, gimoteando ansiosa por caber entre las rocas. Había visto algo que la desesperó en un instante y ninguno de los varones se atrevió a detener a la fortachona. Después de un breve intercambio de palabras en el que el rubio preguntaba al recién llegado dónde se había quedado el cetrero y el interrogado respondía, se oyó un grito desgarrado seguido de un desconsolado llanto femenino. Los podencos se acurrucaron, uno de ellos hecho un ovillo entre las patas de los otros dos, los tres cabecibajos.
Ahora aquél que llegó antes sí se aventuró tras la otra. En la oscuridad vio que la guía yacía con expresión de ahogo y urgencia además de la garganta abierta junto al lobo padre, atravesado por la pica y con desgarros de mordiscos aquí y allá por todo el cuerpo, y junto a su hermana, que se había arrodillado en la dura y húmeda piedra, lamentando la pérdida sin haberla asimilado aún. Se quedó congelado ante el panorama y, mareado y pálido, volvió a salir al exterior sin responder las dudas del que llevaba el arco y caminó lentamente hacia sus podencos para sentarse junto a los mismos. Se quedó ahí por casi tres cuartos de hora mientras todos estaban sumidos en el duelo.
Tras ese tiempo en que la lluvia arreció apareció finalmente Karios con el cernícalo encapuchado y enganchado con las garras al guante. Traía malas noticias desde las zonas más claras y altas de vegetación de arriba de la colina: el cielo ennegrecía cada vez más, y es que estaba empezando a atardecer. Aquello unido al tiempo atmosférico traería pronto una oscuridad difícil de sortear, así que debían volver al campamento cuanto antes. Entonces comenzó el conflicto.
Derena pidió ayuda para cubrir y cargar a su hermana y Carome fue a brindársela, pero Doteo y Karios no estaban de acuerdo, alegaron que la muerte de Amara había sido por un buen motivo, pero no lo serían las suyas si se retrasaban por arrastrar lo que consideraban un lastre. Ellos pensaban que no podían permitirse tener que cargar consigo casi 200 kilos extra entre los cuatro cadáveres, pues el adiestrador también querría llevarse a sus perros y por ende dejar finalmente el cadáver del lobo sería tonto.
La mujer entró en cólera y encaró al de corta melena rubia señalándole a la cara con un dedo tieso, le culpó de la pérdida diciendo que si hubiese mantenido a la jauría la mayor de las féminas no habría tenido que salir corriendo. Le tildó de indócil y aseguró que se encargaría de que se le destituyese de su puesto en el cuerpo de cazadores. Por supuesto también le insultó, dolida por que comparase a una ymir con dos pulgosos.
Ninguno de los varones pió mientras ella gritaba, especialmente el que recibía los reproches, que nada más verla acercarse con el dedo en alto le dio de lado y se apartó, ignorándola por completo mientras le temblaba el bigote de ira. Ató a los canes vivos y comenzó a deshacer el camino que habían recorrido hasta allí. Los otros dos hombres se quedaron plantados mirando a uno y a otro de hito en hito hasta que finalmente el del ave siguió a quien ya se iba y el último giraba nervioso hacia la otra.
Trató de convencerla con rápidas palabras de que debían marchar, pero ella se negó. El arquero no tuvo más remedio que dejarla atrás, no podría obligarla incluso aunque hubiese tenido la ayuda de los demás. Finalmente le aseguró que volverían a buscarlas a las dos, sin mencionar a ninguno de los animales. Alzó la voz y habló a la difunta en despedida:
—T’ergumno krishah 'di nai kalah, Amara.
Y que tu muerte no haya sido en vano.