miércoles, 13 de enero de 2021

Crónicas de Taenle. Crónica universal 01; arco zuuk.


Los rimtaka iban en cabeza, guiando a los últimos remanentes del clan; cuatro varones y tres mujeres. Cada uno iba además acompañado por varios de los veintiún dracos que ellos llamaban wunuedrakanda. El monzón y la frondosidad de la selva no nublaban el deseo de Vigungrah y los suyos de volver a casa, pero tampoco doblegaban la fuerte voluntad del enorme zuuk de tonalidad avellana por alejarse del mismo. Todos llevaban el pelo empapado. Las gotas, casi tan pesadas como los pasos de la mermada tribu, golpeaban enfurecidas sus toscas carnes y los cueros raídos que les cubrían partes íntimas, cabeza y hombros, dejando sonidos de diminutos estallidos.

Ninguno de aquellos fugitivos tenía la menor idea de cuántas noches llevaban huyendo. No eran seres que contasen el paso del tiempo, pero incluso aunque tuvieran tal costumbre, probablemente habrían perdido la cuenta semanas atrás. Nada les detenía, el hambre no les ralentizaba, la lluvia no les estorbaba e incluso los ríos solo sirvieron para embravecer al líder, que les obligó a seguir caminando bajo la superficie de éstos tanto tiempo como aguantaban sus desarrollados pulmones. Lo único que paró su migración fue el niño, de su misma especie pero diferente raza, que encontraron abruptamente en el suelo, sentado pacíficamente entre varios sacos hechos de hebras de palma.

El chiquillo, de piel lilácea y finísimas hebras de pelo blanco que cubrían en húmedos mechoncitos todo su cuerpo, masticaba torpemente un mango mal pelado que había adquirido de uno de aquellos sacos. Visiblemente lo había volcado él mismo. Sacó la comida y decidió que aquellos eran el momento y el lugar perfectos para darse un dulce festín.

Vigungrah no volvió a levantar los pies del suelo desde que se fijó en la pequeña mancha entre tanto verde, separando la prognata mandíbula en gesto de confusión. Querría haber forzado a sus seguidores a dar un rodeo, desconfiado, pero Irrtu se adelantó. La mujer, cuyo patrón difería en saturación del de su cautelosa pareja, dio pasos decididos hacia el hijo de nadie. Éste, en completo desconocimiento y sin reconocer que aquella de color salmón no era una de sus cuidadoras, la miró y le dio el mango mordisqueado que tenía entre las manos. La que recibía tal regalo dudó, pero lo aceptó. Entonces el cachorro se alongó y sacó otros dos, tendiéndoselos también. No pasó mucho tiempo antes de que todos aquellos desconocidos adultos se sentasen alrededor de la criatura para recuperar fuerzas y llenar el estómago.

Decidieron hacer un descanso hasta que apareciera la familia, pero pasaron los minutos y no vino nadie. La luz del sol pronto comenzaría a asomar de no ser por las nubes, por lo que aquellos a quienes esperaban debían estar recolectando lo que desayunarían al anochecer siguiente. Sabían que tarde o temprano alguien llamaría al chiquillo y, ya que la luz no les molestaría gracias al chaparrón, no les importó quedarse un poco más.

Estuvieron jugando con aquel guardián de la fruta, el rimtaka, habiendo superado su desconfianza inicial, llegando incluso a acercarle a uno de los dracos más grandes bajo la atenta y desaprobadora mirada de su hembra. Iba a subirle al lomo del animal y la otra líder estuvo a punto de detenerle, pero alguien se le adelantó:

Bo’eqre wa gar man —«Bo’eqre es mi hijo», se quejó una voz femenina, firme y retadora, exigiendo con tan escuetas palabras que soltasen aquello que no les pertenecía.

Aquella voz venía, por supuesto, acompañada del cuerpo de su dueña, que a su vez traía a un séquito tras de sí. Decenas de mujeres de otras tribus observaban atentamente y con fiereza a los invasores. La tensión alcanzó picos inesperados en tan solo unos segundos y la inmovilidad se adueñó de todos los presentes. Cualquier mínimo movimiento podría desatar una guerra. El jefe de los de los cuadrúpedos todavía tenía al cachorro sujeto en brazos por debajo de las axilas, colgado tranquilamente en el aire sobre el lomo del draco. Las recién llegadas supieron actuar con calma, pues creían que la vida de Bo’eqre corría peligro. Lo que ocurrió tras ese primer encuentro fue ni más ni menos que un malentendido:

Los que acababan de comer creían que les estaban perdonando la vida a pesar de haber invadido su territorio y robado su desayuno, por lo que el líder decidió comportarse como era debido según su cultura, y rendirse. La madre, de un color muy similar al de aquel niño nexo entre ambos clanes, pensó que fueron los otros los que perdonaron la vida de su hijo cuando vio que le soltaban y el crío correteaba riendo hacia ella. Ambos bandos pensaron que el primer paso hacia la paz lo había dado el contrario, por lo que las dueñas del territorio recibieron la orden de no atacar.

Doh, la zuuk morada que lideraba a las recolectoras, dio guía mediante señas. Algunas de sus compañeras comenzaron a recoger los sacos que allí había, mientras que otras rodeaban cautelosamente a los intrusos. Éstos empezaron a ponerse en marcha lenta y sumisamente hacia donde las otras les dirigían.

El camino duró poco, pero fue tiempo suficiente como para que las hembras se fijasen en que aquellas bestias llevaban equipaje, cosas pesadas que sus amos evitaban cargar, contrario a ellas, que transportaban la fruta a la espalda, en brazos y sobre los hombros sin poder esquivar las púas de los troncos, los latigazos de las hojas de las palmeras y los tropezones con raíces y lianas que les ponían zancadillas. El follaje, por suerte, desapareció de forma abrupta nada más llegaron a la amplia y clara playa que ya llevaba muchos años deforestada por sus padres y abuelos. La lluvia, ahora sin hojas de por medio, les acosó con más fuerza. La gruesa arena blanca, que estando seca les habría azotado junto al calor absorbido durante el día, en ese momento yacía húmeda y pesada. Fue a los cuadrúpedos a los únicos que no sentó bien el cambio. Llegaron a ponerse a la defensiva, su comportamiento y comunicación no verbal cambiaron tan drásticamente como el ambiente, en especial al ver cómo empezaban a ser rodeados por más gente, pues se vieron desprotegidos y expuestos.

En la aldea quedaban ya pocos atareados, algunos rezagados que terminaban de recoger artículos de pesca junto con lo poco que habían conseguido aquel día, o guardaban herramientas rudimentarias que usaron para reconstruir un par de cabañas hundidas por el aguacero. Éstos, sin embargo, detuvieron sus quehaceres ante la llegada de aquellos desconocidos. El suceso inesperado atrajo la atención de todos los que ahí vivían, e incluso quienes ya se guarecían en sus tipis volvían a asomar las narices para ver qué estaba formando tanto jaleo.

Las tres enormes tribus, tras haber estado mezcladas durante generaciones e incluso haber mestizado entre ellos, tenían la costumbre de compartir el territorio y ser hospitalarios con otros, así que ver a los recién llegados tratados como criminales llamó la atención. Pero más aún la llamaban los wunuedrakanda. Algunos atrevidos llegaron a intentar tocar a los más pequeños, y aquéllos incluso husmearon los restos de pescado debajo de algunas toscas uñas, pero el contacto fue mínimo, pues los escamosos seres estaban verdaderamente asustados. Hubo más de un gruñido y advertencia de por medio. Los amos trataron de calmarlos al ver que agitaban las crines y las atrofiadas alas con las miradas fijas, avisando con las manos a la gente para que se mantuviera alejada.

Entre tanta confusión pocos fueron los que se dieron cuenta de que la madre del guardián de la fruta se había perdido de vista, aunque la mayoría supondrían dónde se la podía encontrar. Pasaron largos minutos en los que cada vez más individuos se agolpaba en un corro, hasta que tal aglomeración comenzó a hacer hueco a un hombre viejísimo y arrugado. El bueno de Gunondi, padre de Doh, era más que reconocible; el cuerpo parecía la cáscara de una lima, completamente desnudo, encorvado y apoyado en un bastón con forma de palmera en miniatura, no cabía duda de que la mujer morada había ido a llamar al rimtaka de su clan para que fuera él quien decidiera qué hacer con los intrusos.

El abuelo se los quedó mirando con los ojos achicados, señaló a los animales con las hojas de palmera y se acercó un poco. No fueron necesarias las palabras, el otro líder se acercó al que más le gustaba y le rodeó el hocico y la testa con un abrazo, tapándole la visión con su propio cuerpo. De alguna manera aquello calmaba a tales seres, aunque siguió sin ser posible que los desconocidos le tocasen, pues aquella criatura no estaba lo suficientemente tranquila y ni un zuuk tenía tanta fuerza como para sujetarle. Por suerte no hizo ni falta palpar las endurecidas escamas, el de dermis cítrica había llegado a una conclusión:

Llama a Bogodru, Yan'inti, Bonqro y Gun —ordenó entonces a su hija. Ella, aún con Bo’eqre en sus brazos, se puso en camino, pero fue detenida.

No —la voz firme y potente de Vigungrah sorprendió a todos, incluyéndole a él mismo, que encogió los hombros por el sobresalto y miró alerta hacia la espesura de la selva, pues el aviso sonó como el golpe de un martillo y temía alertar a aquello que les perseguía. Tras guardar silencio un instante volvió a mirar al viejo—. Nos vamos. Corremos peligro —sus palabras eran directas.

El anciano se le quedó mirando, pero luego hizo a Doh una seña con la mano para que se marchara, manteniendo su orden.

Mañana reunión —avisó, para luego encarar a todos y añadir—: A dormir.

Cuando la obediente población se empezó a disgregar, mandó a dormir también a los que traían a los dracos, con un tono de voz más pacífico y cálido. Y éstos, que después de todo ya estaban también en sus horas de descanso, no vieron más opción que obedecer. Durante el amanecer, uno de los viejos amigos del joven rimtaka nómada propuso marchar mientras todos descansaban, pero él se negó. Necesitaban reponer energía o aquello les ralentizaría, así que durmieron todo lo que pudieron durante el día.

No era necesario dar hora, las reuniones siempre se llevaban a cabo cuando todos volvían del mundo onírico. Irrtu observaba atenta a la gente mientras tanto. Extrañaba tiempos de calma en que sus propias familias cumplían las ajetreadas rutinas nocturnas para mantener a la tribu alimentada y sana. Ella nunca había visto una playa, pasó su vida en la selva, por lo que las costumbres eran ligeramente distintas, pero la colaboración y el sentimiento de pertenecer a algo eran los mismos junto al mar que en lo más recóndito de la jungla.

Alguien la sacó de su ensueño. Una mano adolescente se movió delante de su cara para llamarle la atención. Cuando volvió a enfocar la mirada, una muchacha señaló a donde estaban reunidas tres parejas, todas ancianas, guarecidas bajo una carpa que apartaba la molestia del monzón. La mensajera apuntó con el dedo a la soñadora y a su hombre y luego se encaminó lentamente hacia el otro grupo. Aquellos seis les miraban. Les estaban invitando a participar en la reunión y no debían rechazar aquella oportunidad. Se levantó de la arena todavía mojada, y se encaminó junto a su esposo hacia aquéllos mientras la chica, cumplida su misión, se marchaba.

Todos vestían sus galas, el anciano verde de la noche anterior iba cubierto esa vez con un antiguo pellejo de tiburón, cuya cola rodeaba su pelvis desde debajo y entre las piernas para ser curiosamente usada de taparrabos. El resto tenían pieles de simio, cetros a base de huesos de fémur, colgantes ellas, zarcillos ellos, y otros tantos adornos que dejaban claro su papel en aquellas sociedades. El moreno de color avellana, por su parte, decidió llevarse a su draco. No tenían ni idea de qué querrían tratar y el silencio inicial les resultó incómodo. Por fin, uno de los tres varones, aquel que parecía tener varios monos aulladores rodeándole el cuerpo, preguntó de muy mala gana:

¿Peligro por qué? —Bonqro, el cojo, un tipo verde oscuro y con manchas de vejez por todo el cuerpo, tenía fama de cascarrabias, detalle que no pasó desapercibido para los de la tribu viajera.

Al principio aquellos que recibían la pregunta se quedaron callados, sin entender a qué se refería. Luego Irrtu se dio cuenta y explicó que querían irse porque algo les daba caza y no era su intención poner en peligro a más personas. Su vocabulario, tristemente, no le permitía expresar cómo era aquel depredador, pero por sus gestos a los demás les quedó claro que se trataba de algo enorme, tan grande como los árboles. Expuso a los wunuedrakanda como una pobre imitación de aquella criatura. Sus enérgicos gestos, los gruñidos y las expresiones de rabia denotaban que odiaba a aquel ser, o que éste les odiaba a ellos. Narraron como pudieron que llevaban mucho tiempo huyendo, que habían intentado quedarse con otras tribus y que todas acabaron siendo arrasadas, erradicadas. Intentó hacerles entender que lo único que les dio tiempo suficiente para escapar fue encontrarse con un río, bajo cuyo cauce caminaron buceando corriente abajo tanto tiempo como aire pudieron contener.

Las caras cambiaron. Todos pensaban. Las mujeres estaban horrorizadas, una de ellas, probablemente la madre de Doh por su color liláceo, miró con preocupación hacia los rondaveles de la gente. La poca riqueza del lenguaje no consiguió aplacar la terquedad de quien había exigido saber qué clase de peligro les acechaba. Una vez captó que aquel ser iba matando zuuk allá donde pisaba, ordenó:

Pues marchaos.

Los presentes le miraron con cierto desdén, incluso a pesar de que irse de allí era justamente la intención de Vigungrah, el cual, en su asombro, tampoco comprendía cómo los demás ofrecían tal hospitalidad.

Nosotros nos quedamos —recordó Gunondi.

Y hunhundrakanda viene —añadió Irrtu, nombrando por primera vez a aquel ser para los demás, de modo que ya tenían algo con lo que identificarlo.

Tenemos que marcharnos también —propuso la esposa del hombre lima, Inna.

Aquellos comentarios llevaron a un hecho sin precedentes en aquella playa: una discusión. Bonqro jamás querría abandonar su hogar. Había otros, la mayoría, que sí querían migrar. Afortunadamente la situación no duró tanto. El tercer rimtaka anciano que allí se encontraba, uno cuya piel recordaba a los troncos de los árboles y que no había pronunciado palabra hasta aquel instante, se dio a oír:

Nos iremos por el mar, igual que el que trajo a los dracos se fue por el río —las otras voces se fueron encubriendo por los pensamientos de cada uno al haber escuchado la idea. Se trataba de una locura y lo sabía, pero los demás eran conscientes de que él y sus barcos eran los adecuados para guiarse por el agua, a pesar de que tales naves eran simples pesqueros. Sus pescadores eran los que mejores cargas traían siempre, y nunca una mínima parte de su flota se había perdido.

La disputa no duró mucho más a pesar de que Bonqro se negó en rotundo a aquello, y era tal su enfado que llegó incluso a marcharse antes de que el debate terminara. Por suerte, para cuando aquello ocurrió, su esposa y los demás ya habían conseguido convencerle de que permitiese a su clan decidir sobre su propia supervivencia. Se trataba de unas circunstancias extraordinarias y nadie sabía qué iban a encontrarse. Aquellos wunuedrakanda eran prueba de sobra de que algo mucho más temible podía existir y darles caza. Por ende, para ellos había riesgo tanto si se aventuraban a fletar hacia el horizonte como si se quedaban ante la posibilidad de recibir con los brazos abiertos a un cazador de naturaleza desconocida. En una situación así todos debían tener la oportunidad de elegir qué riesgos preferían correr.

Siendo criaturas de actuar y callar, una vez aquella decisión fue tomada se pusieron a preparar todo tras llamar al hijo de Bogodru, el de la descabellada idea, pues aquel hombre era el que mejor conocía las características de los veleros utilizados. Informaron a la gente de lo que les deparaba el futuro, hicieron recuento varias veces de quienes ya decidieron qué harían y aproximaron un número de embarcaciones a construir, pues en las pocas que había no cabrían las cuatro tribus ni aunque solo partiera la mitad de cada una.

Todo el pueblo se unió en la construcción durante el siguiente mes y medio, si no fabricando, trayendo materiales, procurando comida y agua a los peones, reparando herramientas, guiando y cargando a los nuevos animales que acarreaban materiales más pesados en menos tiempo u organizando lo que pudieran. Las últimas horas del amanecer eran empleadas en hacer simulacros en los que los civiles recibían la orden inesperada de evacuar. Cada individuo sabía exactamente qué tenía que hacer, a pesar de que aún no había sitio suficiente para todo el mundo. Una de aquellas partidas, sin embargo, no fue una simulación.

La noche que hacía cincuenta desde que llegaron Vigungrah y los suyos, a los que ya llamaban Drakanmere, aún no habían terminado sus construcciones. Los martillos golpeaban clavos y los hornos de barro y roca caldeaban agua cuyo vapor ablandaba las tablas de madera a las que luego daban formas curvadas, pero el sonido de las obras fue ensordecido por el rugido de una bestia y gritos provenientes del norte, selva adentro. Quienes sabían navegar debían ser los primeros en embarcar para preparar todo de cara al zarpaje, sin embargo ya había corriendo hacia el mar tantos pasajeros como para verse obligados a zarpar antes de que las naves se sobrecargasen.

El caos y la desesperación se hicieron dueños de la playa en pocos minutos. Algunos corrían y se apelotonaba alrededor de botes, otros ya habían llegado a los pesqueros adaptados y trepaban por el casco hasta la aparente seguridad de a bordo. Ya había muertos y lágrimas, sangre, sudor y agonía desperdigados por la arena a los pies de aquella criatura, bajo sus garras, concretamente.

Pocos eran los que podían ver con claridad al que para los pueblerinos era un animal gigante. No había tiempo para debatir si era un ave, un lagarto, un cánido o un antílope, pues el hunhundrakanda tenía las esponjosas alas de uno, las cuatro potentes garras de otro, los afilados colmillos del tercero y los retorcidos cuernos del último. Para ellos no existía el concepto de dios, no sabían lo que era, pero si lo hubieran conocido, aquello habría tenido tal etiqueta. Hasta aquel momento los wunuedrakanda eran burdas imitaciones de aquella hembra sanguinaria, sin plumas, enanos, con las alas atrofiadas, las colas engrosadas, voces rotas y agudas, cuernos retorcidos… descendientes enfermos de la majestuosa hembra que buscaba su extinción.

Más de un valiente, o inconsciente, trató de atacarla con lanzas y cerbatanas, incluso con los mismos martillos que aún empuñaban, pero su desarrollada piel era más dura que el caparazón de las tortugas, la roca o incluso el metal que blandían. Cada nueva característica añadía otra posible denominación. Parecía muchas cosas que conocían y sonaba con ninguna que hubieran escuchado jamás, nadie tendría palabras para describir el sonido ensordecedor que brotaba desde su garganta, pero todos estaban de acuerdo en que se comparaba a mil truenos. Y en cuanto al color, la mayoría lo vio negro en la oscuridad de la madrugada, muchos recibieron reflejos verdes, pocos vislumbraron destellos rojos o amarillos y solo los que murieron percibieron el interior de sus fauces, que era azules y moradas.

Mientras los primeros barcos se alejaban de la costa y casi quinientos zuuk y varios navíos eran convertidos en carne, huesos y leños rotos, los sobrevivientes iban dándose cuenta de que en un abrir y cerrar de ojos habían perdido todo lo que eran y se encontraban casi literalmente a la deriva. Ya mar adentro aún seguían oyendo a lo lejos a la criatura quejarse con roncos bramidos de no haber podido alcanzar a todos. Nadie celebró que aquella muerte con patas fuera una mala nadadora y se hubiera hundido al intentar alcanzar más naves, hundiéndose de golpe en un repentino desnivel del fondo. No podían celebrar la sangrienta masacre que habían presenciado. Algunos se lamentaban en llantos por haber perdido a seres queridos, otros jamás podrían olvidar la imagen de sus vecinos siendo masticados vivos. Gun subió a cubierta en los últimos momentos, sabiendo que su hija y Bonqro, su testarudo esposo, quedaron atrás, no llegaría a saber si vivos o muertos. Vigungrah e Irrtu ya habían visto cosas similares anteriormente, pero jamás a tal escala. Doh aferraba a su pequeño Bo’eqre para apaciguar su miedo. Ribâban, el hijo del pescador, tenía suerte de ser ciego, pero su primogénita, que hacía las veces de lazarillo, le abrazaba para no tener que describirle lo que ella sí podía ver. A lo lejos, los pocos fuegos originados al volcar calderos o desperdigar hogueras por la costa, dejaron de verse debido a que ya habían sido ahogados por el monzón.

Varias horas después de la matanza solo se oían los llantos, la lluvia y las quillas rompiendo el mar. Nunca el silencio pesó tanto sobre los fuertes hombros de una especie caracterizada justamente por su poca costumbre a las palabras.