jueves, 11 de marzo de 2021

Cuentos de Taenle. Cuento 01; relato sin título.


El caballero Mirigotlan había llegado esa misma mañana al pueblo de Coedan. Pasaría allí unos días para dar un descanso a su corcel y de paso esperar a dos de sus compañeros, más tarde irían los tres juntos a la ciudad para reunirse con los otros dos del grupo, tras lo que buscarían también a una poderosa señora a la que escoltarían en un largo viaje.

Ya desde que llegó al lugar vio que había mucha gente, quizás demasiada, tumbada por los suelos de las calles, y la mayoría se arrastraron hacia él con las manos palma arriba y gemidos lastimeros. El montado no soportaba que manosearan a su caballo. Jamás entendió el por qué, pero detestaba que la gente de acercase a su montura. Él mismo se encargaba siempre de ensillarlo, cepillarlo y bañarlo. Verse en aquella situación era algo que lo enervaba. La única solución era lo que hizo; sacar un puñado de monedas de una de sus bolsas y lanzarlas al suelo, lejos de él. Repentinamente todos los indigentes recuperaron esa fuerza que parecían no tener en el cuerpo, lanzándose a la desesperada a por el dinero como leones sobre una pobre gacela enferma. El jinete espoleó al animal aprovechando que habían abierto camino y éste comenzó un ligero trote que fue suficiente para salir del incómodo tumulto.

Consiguió encontrar un buen sitio para su pinto y después fue también a por cama para sí mismo. Almorzó fuera de la posada para tomar un poco el sol que hacía. Mirigotlan miraba a los transeúntes pasar cerca de él observándolo con recelo y ojos brillantes. Ninguno parecía tener una buena calidad de vida. Jamás había estado en un lugar tan pobre. En especial llamó su atención un chiquillo que estaba sentado frente al edificio en el que se alojaba y no dejaba de mirarle. Ese niño no se llegó a acercar al caballero.

Fue un día aburrido, no había mucho que hacer. Pasó la noche en la posada tras dejar a los posaderos el recado de que le avisaran si llegaban otros hombres montados y al día siguiente se levantó tarde. El muchacho había pasado la noche en el mismo lugar.

La jornada transcurrió de forma muy similar a la anterior. No llegaron sus compañeros y el infante seguía en aquel rincón. Volaron una y otra noche más, y el imberbe no se movía de allí. El foráneo acabó por acercarse a él y le ofreció un par de monedas de plata.

Tome, pequeño señor, para comida o lo que necesite —su cara cambió a una de asombro cuando fue rechazado el dinero— ¿Acaso no tiene hambre? —la pequeña cabeza se movió de forma afirmativa.

Pero no puede comer moneda dinero —su voz era débil y ronca, y su conocimiento del idioma extranjero era mínimo.

Se alejó de él, compró el plato del día y se lo llevó al niño, junto con un buen trozo de pan y una jarra de vino. El chiquillo no pudo chillar de alegría por falta de energía, pero comió durante un buen rato hasta acabarlo todo, pareciendo que su torso era todo estómago. Se quedó sentado en el suelo junto al hambriento hasta que terminó.

¿Cómo, en su inocencia, es capaz de seguir sonriendo con una vida tan miserable? Sin casa, sin comida, seguramente ni si quiera tenga familia... ¿Nadie quiere a un joven escudero ni puede enseñarle algún oficio, alguna empresa de su tamaño?

No, señor. Nadie quiere niñito yo, señor —no se perdía la sonrisa en el rostro delgado.

Entonces no comprendo por qué tal alegría —el noble seguía sin salir de su asombro.

Barriguita llena; nene feliz —su expresión se ensanchó.

El hidalgo no hizo más preguntas. Él, que se había criado entre lujo y comodidad, no podría entender. Volvió a la posada mientras el otro siguió sonriendo el resto del día. La mañana siguiente despertó temprano, pues había jaleo abajo, frente al mesón. La gente hablaba de una defunción. No vio el cadáver, pero por la tarde se enteró de que el muchacho había muerto con una sonrisa en los labios. Jamás lo comprendería.



Relato publicado por primera vez el 13 de Abril de 2015 y reeditado el 24 de Noviembre de 2020.

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